En el camino (17 de Julio estreno en cines) es una película mexicana producida por Diego Luna que retrata una relación romántica entre dos hombres en un entorno hostil y peligroso — el de los camioneros por las autopistas. El protagonista es conocido como El Muñeco, y lleva una semana sin dormir. “El insomnio es común. Un gran número de camioneros vive con algún tipo de adicción, y esto se ha normalizado por completo. Muchas de estas drogas se venden en restaurantes de carretera llamados «cachimbas», y para algunos, pasar una semana entera sin dormir es, lamentablemente, parte de la rutina”, nos cuenta el director David Pablos (1983. Tijuana, Baja California, México).

El mundo de los camioneros me lleva a Convoy (1978), la cinta menos valorada de Sam Peckinpah pero que para mí es un clásico, por cuándo y dónde la vi. En esa película a Kris Kristofferson le llaman Rubber Duck (Pato de Goma), pero no es como El Muñeco al que interpreta en En el camino el actor profesional Osvaldo Sanchez.

La película de David Pablos también me lleva a Pillion (2025), la película de Harry Lighton que bucea en el mundo de los moteros rebeldes. Si En el camino no es Convoy, Pillion no es Salvaje (The Wild One) (1953), el quinto largometraje que protagonizó Marlon Brando. Ambas, Pillion y En el camino abren la puerta a mundos que pocos conocen, universos cerrados donde los hombres, ya sean moteros o camioneros, viven el sexo a tope. Como dijo Demi Moore en una entrevista, “es mejor haber pasado por eso (el sexo a tope) que no haber tenido nada”. Ray (Alexander Skarsgård) y Colin (Harry Melling) los protagonistas de Pillion y Muñeco (Osvaldo Sanchez) y Veneno (Victor Prieto Simental) los de En el camino desde luego pasan “por eso” en sus respectivas películas.

En unas declaraciones en plena promoción de Pillion, el director comentó que sus directores de casting le avisaron antes de comenzar el rodaje. Según ellos, buscar a dos actores de cierto renombre para participar en la película iba a ser muy difícil por las escenas explícitas y “las situaciones” digamos que complicadas en las que tendrían que ponerse.
David Pablos nos espera una calurosa mañana de principios de junio en la acogedora Fundación Casa de México en España, en el centro de Madrid, y lo primero que le pregunto es precisamente eso, si antes de empezar el rodaje pensó en lo complicado que podía ser encontrar a los dos actores protagonistas de En el camino, intérpretes profesionales o no que, entre otras cosas, debían representar una masturbación en tiempo real, sin trampa ni disimulo. “Nunca lo pensé” contesta contundente el cineasta, y añade de paso que Harry Melling, el sometido Colin de Pillion le parece que es “un actor con una presencia muy interesante”.

Igual de interesante que sus dos protagonistas, uno profesional de la interpretación y el otro sacado directamente de la vida. “Al contrario, ese reto me desafió para salir a buscar gente nueva. Me estimulaba, porque me gusta complicarme la existencia. Conozco todo el Norte de México donde rodamos y sabía que aparecerían mis dos protagonistas”. Victor no es actor. Osvaldo sí, pero poco conocido en México. Lleva 20 años de carrera, sobre todo en teatro y en producciones pequeñas e independientes. “Tengo experiencia con actores nuevos, naturales, que nunca han actuado. Victor llego rápido, el primero. Pero sí es verdad que debimos tener una especie de plan con él, porque quería tener la certeza de que podía llegar a los lugares que le iba a pedir. El objetivo era ofrecerle un espacio seguro y que tuviera confianza. Osvaldo llegó tras dos intentos fallidos, uno en Juarez y el otro en Ciudad de México”. El de Juarez acabó en la cárcel y el otro desapareció, al parecer era adicto al cristal. “Los dos eran fantásticos. Cuando se cayeron, tome la decisión de buscar a un actor profesional. A Oslvaldo lo conocía y siempre le tuve en el radar, hicimos una prueba y no hubo ninguna duda”.

Lo que vemos en En el camino, la famosa escena de los dos hombres masturbándose, no es lo normal en el cine comercial, ni en el español ni en ninguno. “Tampoco en el mexicano”, apunta el director entre risas. “Eso no se ve normalmente. Esas escenas resultan incómodas si no se abordan de la manera adecuada. Fui muy claro con los actores desde el principio, explicando cómo se iban a rodar, qué se iba a ver y cómo lo íbamos a ver. La coordinadora de intimidad hizo todo más fácil y estoy muy agradecido. Todo estaba ensayado, la coreografía, los tiempos, ensayamos primero todas las escenas con ellos vestidos para que lo tuvieran muy claro. Es muy importante respetar esos acuerdos y no pedir nada extra. Al final salió todo en una toma, y menos mal porque ese tipo de escenas no se pueden repetir mucho. Eli Kazan contaba que antes de empezar un rodaje se sentaba con sus intérpretes para hablar de la vida porque ahí iba a descubrir si le agradaba esa persona o no y eso para él era fundamental. Como director quieres conocer con qué “material” vas a trabajar, lo que trae la persona con la que vas a rodar, esa a la que vas a fotografiar. Me tiene que caer bien y enamorar, decía Kazan, porque si hay confianza es muy fácil hacer cualquier escena”.

Mencionar el Convoy de Sam Peckinpah puede parecer surrealista. Pillion le toca más de cerca porque como me cuenta, se presentó en Cannes el mismo año en que él estrenaba en Venecia la suya (donde ganó el premio a la mejor película en la sección Horizontes) y luego ambas coincidieron en varios festivales. En cualquier caso, David Pablos sonríe y acepta lo de Convoy, aunque confiesa que no trabajó con ninguna referencia cinematográfica. “Bueno, quizá algo con respecto al universo y el tono del cine de David Lynch. Una cierta estilización. Pero más que cinematográficas, la gran referencia para la directora de fotografía Ximena Amann fue la obra del fotógrafo de Mágnum Yael Martínez”.

Tenemos el sexo, tenemos la road movie con los camiones, tenemos la historia de amor entre un camionero casado y con hijos y un chaval que huye de la mafia y de las redes de prostitución masculina. También tenemos la violencia. Una violencia cruda, sin concesiones. Una realidad de su país, desgraciadamente. “Es una herida abierta, la gente prefiere no profundizar en ella. El otro día, precisamente en un pase aquí en Casa de México una mujer mexicana se me acercó molesta por esa violencia. Ella decía que México tiene cosas más bonitas que enseñar. Que habiendo otros temas más bonitos que por qué este. Porque está ahí, México es esto, contesté. Está ahí y de hecho la realidad es aún más tremenda y oscura”.
Entonces es cuando David Pablos sorprende confesando que durante el rodaje vivieron momentos de peligro. “Fue cuando me cuestioné qué estábamos haciendo. Si el peligro hubiera aumentado yo hubiera sido el primero en parar todo. Nada está por encima de la vida. Rodar en México hasta cierto punto es un acto de resistencia. En Ciudad de México es muy fácil rodar, pero en otros lugares es un riesgo porque el país está en llamas, ciertos estados son tierra de nadie, hay que ir con extrema precaución. Es triste y es muy complicado. Todo eso genera una tensión en el equipo. Mi objetivo era retratar esa realidad, la verdad de los camioneros que se desplazan por regiones de México marcadas por el peligro y el miedo. Hubo momentos en los que sabíamos que estábamos filmando en entornos peligrosos. Pero, por encima de todo, la seguridad del equipo y del reparto era nuestra máxima prioridad. Cada vez que percibíamos una amenaza real, tomábamos la decisión de trasladarnos. Esa flexibilidad y capacidad de respuesta se convirtieron en una parte esencial del proceso. Pero sí es verdad que en muchos momentos me cuestioné hasta dónde iba a llegar porque sí tuvimos un par de sustos. El más grave fue el secuestro de una persona del equipo a la que liberaron en un par de horas”.

El director ha estado con este proyecto muchos años, un largo proceso de investigación que arrancó con el contacto de un periodista que se pasó muchos años conviviendo con trileros (camioneros) en México. “La idea de esta historia surgió hace más de diez años, cuando trabajaba en una serie documental sobre ese mundo. A través de esa experiencia, pude conocer de cerca sus vidas y me parecieron fascinantes”.
Un elemento fundamental para la construcción del guion fue, cuenta el director, el libro Los hijos del camino (Los anclajes y la vida cotidiana de los autotransportistas interestatales en las carreteras mexicanas), de José María Castro Ibarra. David Pablos contactó con el autor y “se empezaron a abrir las puertas de ese mundo: los trileros, las cachimbas, las caras de los protagonistas, su sorprendente vestuario, cómo conviven, sus dinámicas…”. El guion fue creciendo y empezó a volar solo. “El mundo trilero es tan fascinante que se iban abriendo un montón de posibilidades. Muñeco se forma con los diferentes hombres que voy conociendo. Fue divertido ver cómo una cosa llevaba a la otra. No fue improvisar más bien seguir una guía, un camino”.
Palabras que me recuerdan a lo que Lauren Bacall dijo del trabajo con Howard Hawks en Tener y no tener (To Have and Have Not) (1944), eso de que la historia se fue escribiendo casi sola, dejando a los dos personajes libres. “La imaginación era su trabajo, y también su vida”, termina la actriz. “Muy bonito”, sonríe el cineasta mexicano, que sigue hablando de cine.

Por ejemplo, de Brokeback Mountain (2005), que está por supuesto en En el camino, “por eso de meterse en universos muy machistas y logar mostrar la diversidad de espacios no tan vistos en cine. Ang Lee lo hace de una manera muy bella, poderosa y compleja. Ahora que lo pienso sí puede ser una referencia, aunque no lo fue durante el rodaje”. Pastores de ovejas en Wyoming, moteros en Gran Bretaña o camioneros en México, en el fondo hablamos de lo mismo. Las tres son parientes, más o menos lejanas.

Nada lejano es el boom del cine mexicano. En seis años cinco directores mexicanos se llevaron el Oscar. Alfonso Cuarón abrió la carrera ganando en 2013 por Gravity, luego Alejandro G. Iñárritu dos veces consecutivas por Birdman (2014) y El renacido (The Revenant) (2015), en 2017 Guillermo del Toro por La forma del agua (The Shape of Water) y un año después Cuarón de nuevo por Roma. “De Cuarón me sorprende su versatilidad. Con Guillermo coincidí en 2015 en Cannes. Él era jurado de la Sección Oficial y yo participaba en la sección Un Certain Regard con Las elegidas. Recuerdo esa primera noche en Cannes, con los mexicanos que estábamos en el festival todos reunidos. Me presentan a Guillermo y me dice que va a ver mi película en un hueco que le deje libre las proyecciones de la sección oficial. Luego me felicitó, me dijo que le había gustado mucho. Este año pasado, en Venecia con En el camino también me felicitó Cuarón. Con Iñarritu he coincido muchas veces”.
David Pablos debutó en el largometraje con The Life After… (La vida después) (2008) y con Las elegidas (2015) consiguió 13 nominaciones a los Ariel de las que ganó 5 premios (entre ellos mejor película, dirección y guion) y una nominación al Goya. Ha rodado largometrajes (En el camino es el quinto), videoclips, series, cortometrajes…
La Cabeza de Joaquín Murrieta (2023), una de sus series, es un western, “un género que me gusta mucho y que he estudiado a fondo, sobre todo por cómo se rueda”. En el camino no es un western, pero podría serlo. Antes es una road movie, un drama romántico, un thriller y cine negro. “Veneno podría ser como una femme fatale, ahí hay algo del género negro. Pero fíjate que la película lleva en los cines de México un mes, va muy bien y mucha gente me habla de western”. Al final, Sam Pekinpah no va a estar tan lejos.



