TEXTO escrito por María Estévez
Javier Bardem ha llegado a Cannes con una película sobre la masculinidad tóxica y no ha necesitado mirar demasiado lejos para encontrar ejemplos prácticos. El actor español, en la rueda de prensa de El ser querido (estreno en cines el 26 de agosto), el nuevo largometraje de Rodrigo Sorogoyen, decidió señalar desde la Croisette a Donald Trump, Vladímir Putin y Benjamín Netanyahu como encarnaciones planetarias de esa testosterona política convertida en catástrofe geopolítica.
En Cannes se aplaude mucho. Pero no hubo aplausos el domingo en la sala de prensa. Bardem cambió el paso a los periodistas utilizando su capital simbólico de la fama para decir en voz alta. “El de estos gobernantes es un comportamiento masculino tóxico que está creando miles de muertos”, dijo enlazando la violencia íntima con la violencia internacional en una frase que probablemente hizo atragantarse a más de un publicista estadounidense con su agua con gas ecológica.

No es casual que ocurra precisamente con El ser querido, la esperada entrada de Rodrigo Sorogoyen en la competición oficial. El director madrileño lleva años radiografiando los mecanismos de poder y las pulsiones agresivas del macho contemporáneo, desde los políticos corruptos de El reino (2018) hasta las tensiones rurales de As Bestas (2022). Ahora traslada esa obsesión al terreno familiar. Bardem interpreta a Esteban Martínez, un cineasta brillante, narcisista y emocionalmente devastado que intenta reconstruir la relación con su hija, interpretada por Victoria Luengo, ofreciéndole un papel en una película. Una cinta que recuerda y mucho a Valor sentimental (2025).
Pocos actores españoles poseen una presencia tan física, tan volcánica, tan capaz de alternar ternura y amenaza en el mismo plano como Bardem. Y pocos tienen también una relación tan compleja con la idea pública de masculinidad. El español pertenece a una generación criada en una España ferozmente machista, él mismo lo recordó en Cannes, pero ha construido buena parte de su carrera desmontando, retorciendo o directamente dinamitando ese modelo.

Lo interesante es que El ser querido parece entender que el macho tóxico contemporáneo ya no necesita levantar la voz ni pegar un puñetazo en la mesa. A veces basta con monopolizar el relato. Esteban Martínez es la caricatura de un monstruo. Es un hombre brillante convencido de que su talento justifica el daño colateral. Un perfil que el cine conoce bien y que Cannes lleva décadas premiando con entusiasmo casi antropológico.
Hay algo deliciosamente irónico en que el festival más obsesionado con los autores masculinos recibe ahora una película dedicada precisamente a cuestionar esa figura. Porque Cannes sigue funcionando, en muchos sentidos, como un santuario del ego masculino de gran formato. Directores que filman durante cuatro horas para explicar su infancia. Genios septuagenarios que todavía descubren el cuerpo femenino como si acabaran de inventarlo. Conferencias de prensa donde algunos cineastas hablan de sí mismos con la solemnidad de un Papa renacentista. Sorogoyen aterriza en ese ecosistema con una película sobre hombres de la industria incapaces de dejar de ocupar ese espacio. La metáfora se escribe sola.

La presencia española en esta edición, además, tiene algo de operación conquista. Durante unos días, la Croisette parece un cruce entre Malasaña y un after de los Goya. Pedro Almodóvar presenta Amarga Navidad, mientras Javier Ambrossi y Javier Calvo desembarcarán con La bola negra, su adaptación lorquiana con Penélope Cruz y Glenn Close. Pero el primer golpe lo ha dado El ser querido, que llegó a Cannes rodeada de una mezcla poco frecuente de prestigio crítico y expectación popular.
También ayuda el efecto Bardem. A sus 57 años, el actor parece haber alcanzado esa rara categoría de estrella que ya no necesita demostrar nada y, precisamente por eso, se permite hablar con una libertad poco habitual. Mientras Hollywood atraviesa una era de prudencia corporativa extrema, cada declaración pública parece redactada por un comité de abogados y especialistas en gestión de crisis, Bardem conserva cierta tradición europea de actor político, temperamental y ligeramente kamikaze.
Por supuesto, sus palabras provocarán indignación instantánea en ciertos sectores. En 2026 ya no existe declaración pública sin algoritmo de furia asociado. Habrá quien le reproche simplificar conflictos internacionales complejísimos o convertir una rueda de prensa cinematográfica en tribuna política. Como si Cannes no hubiera sido siempre un escaparate de la vanidad.

Pero Bardem tocó un nervio real al conectar la violencia estructural contra las mujeres con una lógica global basada en la dominación y la exhibición de fuerza. No es solo una cuestión de testosterona caricaturesca ni de “machos alfa” haciendo ruido. Es una cultura entera construida alrededor de la idea de posesión. “Poseer a la mujer es algo que hemos normalizado. NO me jodas, estamos matando mujeres porque algunos hombres consideran que las poseen. Trump, Putin y Nethanyahu consideran que su miembro es más grande que el de otros y se dedican a bombardear a diestro y siniestro”.
Victoria Luengo, excelente actriz que vive este año un doblete histórico en competición oficial gracias también a la película de Almodóvar, funciona en el filme como contrapunto perfecto a Bardem. Frente al magnetismo expansivo del padre, ella compone una presencia herida. El choque entre ambos promete ser uno de los grandes duelos interpretativos del festival. Sorogoyen no parece interesado en fabricar villanos simples ni hombres demoníacos de manual. Lo inquietante es precisamente reconocer cuánto encanto, inteligencia y seducción pueden convivir con dinámicas destructivas profundamente normalizadas. Bardem lo expresó en Cannes al hablar de los asesinatos machistas en España. “Lo aterrador no es solo que ocurran, sino la facilidad con la que la sociedad aprende a convivir con ellos como si fueran parte inevitable del paisaje”.
En la Croisette, El ser querido ha llegado para cuestionar a los hombres que dominaban el mundo y ya no controlan el relato. Cannes, que siempre ha adorado a los grandes egos masculinos, tendrá ahora que decidir si también está dispuesto a mirarlos de frente.
La proyección del sábado abre el camino al resto de la delegación española que desembarcará en la Croisette durante los próximos días.



