No hablamos de nombres previstos para una película que luego no participaron y fueron sustituidos, porque de esos hay millones de casos, hablamos de contratados que empezaron el rodaje y o fueron despedidos o se marcharon. Esto es muy raro porque la demanda y los daños pueden ser millonarios. Al fin y al cabo, dejar paralizado un rodaje, con todo el dinero que hay en juego y toda la gente que participa, es un asunto muy grave y la peor pesadilla de un productor.

La estrella se larga y puede ser reemplazada o no y el rodaje se suspende. Como el de Something’s Got to Give en la realidad o el de Valor sentimental en la ficción. En la primera es bien sabido que el estudio, 20th Century Fox, despidió a la estrella Marilyn Monroe tras unas semanas de rodaje. El proyecto se suspendió y se reanudó un año después con el título Move Over, Darling (Apártate, cariño) (1963) con Doris Day y James Garner reemplazando a los protagonistas originales, Monroe y Dean Martin.

En el caso de la oscarizada película de Joachim Trier, cine dentro de cine al estilo La noche americana (La nuit américaine) (1973) de François Truffaut, el director protagonista, Gustav Borg (Stellan Skarsgård) decide prescindir de su estrella, Rachel Kemp (Elle Fanning), una vez arrancado el rodaje de su nueva película, de mutuo acuerdo porque ella también quiere abandonar.

En ese sentido, uno de los casos más destacados es el de Eyes Wide Shut (1999), cuando Stanley Kubrick perdió a dos de sus actores secundarios, Jennifer Jason Leigh y Harvey Keitel. El exigente cineasta decidió rodar nuevas tomas de las escenas de ambos, él en el papel del millonario Victor Ziegler y ella en el de Marion Nathanson, la hija de un paciente fallecido del protagonista, pero tanto Keitel como Leigh no estaban disponibles para volver a Londres. Los dos pensaban que su participación en esa obra maestra ya había terminado y estaban con otros compromisos, Keitel con la película Graceland (1998) y Leigh con eXistenZ (1999). Ni corto ni perezoso, Kubrick decidió rodar todas las escenas de esos dos personajes de nuevo, pero esta vez con Sydney Pollack y Marie Richardson. Luego se supo que Keitel en realidad había abandonado la producción por diferencias creativas con Kubrick.

Viggo Mortensen no olvidará nunca el día en que recibió una llamada de Peter Jackson. El director le ofrecía un papel, pero no había tiempo, tenía que aceptar de inmediato, subirse a un avión rumbo a Nueva Zelanda y empezar a rodar inmediatamente. El actor se leyó el guion en el vuelo. Lo firmaban Fran Walsh y Philippa Boyens y era la ambiciosa adaptación al cine de la obra de J.R.R. Tolkien El señor de los anillos (The Lord of the Rings). Él sería el decisivo héroe de la trama Aragorn, y no se lo podía creer. La otra historia es la de Stuart Townsend, elegido originalmente para el papel de Aragorn y despedido tras cuatro días de rodaje, justo en el momento en que Peter Jackson se dio cuenta de que se había equivocado en la elección.

Townsend, entonces de 28 años y novio de Charlize Theron, contó a Entertainment Weekly la triste historia que cambió su vida para mal y la de Viggo para bien. “Estuve en Nueva Zelanda ensayando y entrenando durante dos meses, y luego me despidieron. Después me dijeron que no me iban a pagar porque estaba incumpliendo el contrato por no haber trabajado lo suficiente. Lo estaba pasando mal, así que casi me sentí aliviado de irme hasta que me dijeron que no me pagarían. El director me quería y luego, al parecer, pensó que realmente quería a alguien 20 años mayor que yo y completamente diferente”. Viggo Mortensen tenía 42 años cuando aterrizó en Nueva Zelanda y se limitó a decir que aceptó el papel porque su hijo «le animó a hacerlo» y que no se podía ni imaginar el fenómeno mundial en que se convertiría el proyecto que acababa de aceptar hasta su estreno en 2001.

Un caso parecido al de Viggo Mortensen, pero al revés, es el de John Gavin. El inolvidable Sam Loomis de Psicosis (1960) fue contratado para interpretar a James Bond en Diamantes para la eternidad (Diamonds are Forever) (1971). Resulta que George Lazenby, el 007 de la anterior película de la saga, 007 al servicio secreto de su Majestad (On Her Majesty’s Secret Service) (1969), se había puesto impertinente, “se había portado mal”, en palabras del director artístico de la saga Syd Cain, y los productores se empezaron a hartar de él. En su intento de recuperar al “verdadero Bond” le hicieron una oferta a Sean Connery, que había dejado el personaje en la aventura japonesa Sólo se vive dos veces (You Only Live Twice) (1967). La propuesta para volver era millonaria, pero Connery dijo no (con el tiempo aprendería a no decir “nunca jamás”) y apareció en escena John Gavin, un actor estadounidense que en principio podía haber quedado descartado por la norma no escrita de que a James Bond solo lo puede interpretar un británico. Si esa regla se rompió con George Lazenby, que era australiano, nada impedía seguir saltándosela.

Gavin hizo la prueba en noviembre de 1970 y el 29 de enero de 1971 firmó el contrato. Al mismo tiempo, la opción Connery parecía no descartada porque incomprensiblemente David Picker, de United Artist, la distribuidora de la saga, “había emprendido por su parte un plan alternativo. Al margen de si fue una decisión sabia, realizó maniobras para recuperar a Connery como James Bond”, según contó después el productor y “padre” cinematográfico del agente, Cubby Broccoli.
United Artist quería a Sean Connery, el actor aceptó (“era mucho dinero entonces y de hecho lo sigue siendo hoy”, comentó años después el productor ligado a la saga Stanley Sopel) y Gavin se quedó fuera, pero con un contrato firmado. Al final, a Gavin le pagaron el salario como si hubiera hecho la película y James Bond siguió siendo británico; lo eran Connery, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan (nacido en Irlanda, pero criado en Inglaterra y, como él dice, orgulloso oficial de la Orden del Imperio Británico) y Daniel Craig.

El caso de Stuart Townsend fue triste, el de John Gavin extraño, pero el de Joan Crawford y su no participación en Canción de cuna para un cadáver (Hush…Hush, Sweet Charlotte) (1964) digno de película… que se hizo; ahí está la primera temporada de la serie Feud (2017). Robert Aldrich quería repetir el fenomenal éxito de ¿Qué fue de Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?) (1962) y reunir de nuevo a su equipo de artistas, el guionista Lukas Heller, las divas Bette Davis y Joan Crawford, el gran secundario Victor Buono. Pero Crawford se retiró a las pocas semanas de empezar el rodaje (abandonó el 31 de julio de 1964) por problemas de salud (oficialmente infección de las vías respiratorias superiores) aunque, según ella, su intención siempre fue volver. Cuando lo hizo, estaba tan nerviosa que sólo trabajaba tres horas al día. Y volvió al hospital. Fue en ese momento cuando Aldrich se empezó a plantear sustituirla. Loretta Young, Katharine Hepburn, Ann Sheridan, Barabara Stanwyck y Vivien Leigh fueron tenidas en cuenta para interpretar a la prima Miriam, hasta que Bette Davis puso sobre la mesa el nombre de su amiga Olivia de Havilland, 48 años, ganadora de dos Oscar y retirada en Suiza con su segundo marido, el escritor francés Pierre Galante.

Aldrich cogió “tres aviones, un tren y un taxi que le llevó por un sendero de cabras” hasta llegar a la casa de Olivia en las montañas suizas. La estrella finalmente aceptó la oferta. El director llamó a Bette para darle la buena noticia, pero le pidió que no dijera nada hasta que él volviese porque quería hablar personalmente con Joan Crawford y explicarle la decisión a su abogado. Bette no le hizo caso, filtró la noticia y Joan montó en cólera. “Aldrich no hizo ningún esfuerzo para llegar a mí y decirme que había firmado con Olivia. Lo hizo a través de un comunicado de radio y, francamente, creo que eso apesta”, protestó Crawford. El rodaje se reanudó el miércoles 9 de septiembre de 1964 con la dulce Olivia interpretando a la maquiavélica prima Miriam. Cuando el cinéfilo Peter Bogdanovich) le preguntó a Robert Aldrich si creía que Olivia de Havilland estaba mejor en Canción de cuna para un cadáver de lo que habría estado Joan Crawford, este contestó: “Sí, mucho mejor. Creo que su elección perjudicó a la película en el aspecto comercial, pero también la hizo muchísimo más creíble. Crawford es Crawford y es muy buena, pero habría sido incapaz de darle al personaje los matices que le dio De Havilland”. Bogdadovich apunta en la entrevista que Olivia, por algún motivo, tiene más aire de zorra, intrínsicamente, y el director contesta: “Si es ella quien se baja del taxi, ya no estamos seguros de si el asesino es el mayordomo. Si es otra persona la que se baja del taxi, sabemos que el asesino es el mayordomo, y la historia se acaba”. Aldrich se refiere a la imagen de malvada que cultivó en el cine Crawford y la de buena y dulce que proyectó Olivia.

Bette Davis siguió dando guerra, aunque en realidad siempre lo hizo, como habían podido comprobar desde los primeros años los ejecutivos de Warner con los que peleó por mejorar sus condiciones. La estrella fue genio y figura hasta el final. Una semana después de comenzar el rodaje de la que sería su última película, la comedia La bruja de mi madre (Wicked Stepmother) (1989), Bette pidió un permiso para ir al dentista… y nunca regresó. Larry Cohen, el director, se sentía poco valorado por la estrella, así que lejos de entrar en pánico reescribió el guion para que entrara en escena la espectacular Barbara Carrera. Una pirueta loca para un guion aún más loco que Davis odiaba. La actriz falleció ocho meses después del estreno de la película y a pesar de figurar en los carteles como protagonista, solo aparece en pantalla 11 minutos.

Tyrone Power también abandonó el rodaje de la que sería su última película, Salomón y la reina de Saba (Solomon and Sheba) (1959), aunque en su caso fue por razones más dramáticas que un rechazo al guion. El legendario actor falleció de un ataque al corazón durante una escena de duelo con espadas con George Sanders el 15 de noviembre de 1958, y falleció poco después. Tenía cuarenta y cuatro años. Yul Brynner sustituyó a Power en el papel de Solomon y volvió a rodar todas sus escenas. La película se estaba filmando en Madrid.

El rodaje de Salomón y la reina de Saba estaba muy avanzado, como el de Todo el dinero del mundo (All the Money in the World) (2017) cuando Ridley Scott prescindió del coprotagonista, Kevin Spacey, en el papel del magnate J. Paul Getty, y lo sustituyó por Christopher Plummer. Scott es un genio, pero juzgó al actor antes de tiempo en los casos de acoso sexual. La decisión fue como un puñetazo porque se volvieron a rodar todas las escenas donde aparecía Spacey, esta vez con Plummer y en tan solo nueve días. El inolvidable Capitán von Trapp de Sonrisas y Lágrimas (1965) recibió una nominación, convirtiéndose a sus 88 años en el actor de más edad nominado al Oscar en toda la historia de los premios.

Si la carrera de Viggo Mortensen cambió con esa llamada de Peter Jackson, la de Michael J. Fox lo hizo por una de Robert Zemeckis. El director ganador del Oscar por Forrest Gump (1994) estaba al borde de la desesperación. Se había equivocado y con un tercio de Regreso al futuro (1985) ya rodada, se estaba dando cuenta que Eric Stoltz no terminaba de funcionar como Marty McFly. Zemeckis no se lo pensó dos veces y le sustituyó por Michael J. Fox, rodando con él de nuevo todas las escenas. La película fue un éxito, más que eso, se convirtió en un clásico, Michael en una estrella y Eric Stoltz se desvaneció en el olvido, aunque sigue haciendo cine y televisión.

El que tampoco estaba contento con su actriz elegida es un viejo conocido de este reportaje, Stanley Kubrick. Espartaco (Spartacus) (1960) estaba en marcha, aunque Kubrick se había incorporado con la producción iniciada. Kirk Douglas como productor y protagonista tuvo una fuerte discusión con el director original, Anthony Mann, y le pidió a Kubrick, con quien había colaborado con éxito tres años antes en Senderos de gloria (1957), que entrara en la película para sustituir a Mann. Cuando llegó el cineasta ya estaba contratada la actriz alemana Sabine Bethmann para el papel de Varinia, pero al director no le gustó, y la despidió. Cuenta John Baxter en la biografía de Kubrick que “Jean Simmons, que ya había sido asignada antes para el papel, la sustituyó (…) Irónicamente, la expulsión de Bethmann de la película, con 35.000 dólares más en el bolsillo, convenció a la revista Life de que publicase una historia sobre su inexistente carrera en Hollywood, una distinción que nunca se les hubiera ocurrido darle cuando no era más que una desconocida más”.

Kim Novak ha pasado a lo largo de su carrera por varios rodajes complicados, como el de Servidumbre humana (Of Human Bondage) (1964), por las peleas de la actriz con su director Henry Hathaway, hasta el punto de que este abandonó el proyecto, o el de Pasiones prohibidas (Liebestraum) (1991), por sus desencuentros con Mike Figgis. La estrella nunca habló públicamente de Sharon Tate, y eso es extraño porque después del salvaje asesinato de la esposa de Roman Polanski todos los que trabajaron con ella se pronunciaron de una forma u otra. Las dos actrices coincidieron en la cinta de maldiciones y brujería El ojo del diablo (The Eye of the Devil) (1966), durante cuyo rodaje cuentan que Novak no fue nada agradable con Sharon. Hablar de justicia poética sería ir demasiado lejos, pero lo cierto es que en una escena Kim Novak se lesionó gravemente al caerse del caballo. La película estaba muy adelantada, faltaban tan solo dos semanas para terminar la filmación, pero tras varias semanas de recuperación la actriz no pudo reincorporarse y se tomó la decisión de volver a rodar todas sus escenas y completar El ojo del diablo con Deborah Kerr como sustituta.

Más espantadas que sacudieron Hollywood. Simone Signoret cuenta en su autobiografía que aceptó el papel de Bubulina (Madame Hortense) en Zorba, el griego (1964), se puso encima quince años más (falso trasero, falsos senos, algodón en los maxilares, falso diente de oro, una verruga, rizos…) y ensayó honestamente para parecer mucho más mayor. A los pocos días de empezar el rodaje, la genial actriz se sintió incapaz de seguir, no estaba cómoda con la caracterización, “ya no tenía ánimos de ponerme en la piel de Bubulina, la abandoné en aquella playa de Creta. Sin embargo, mi cobardía no fue castigada y Michael Cacoyannis (el director) no me guardó rencor: la víspera de mi partida, él, Irene Papas, Anthony Quinn, Alan Bates y toda la compañía rompimos copas como suelen hacerlo en las películas de folklore griego”. Así es como lo cuenta la leyenda del cine francés, pero hay otra versión. Esta asegura que tras comenzar el rodaje, Cacoyannis se dio cuenta de que no era la actriz adecuada y pidió permiso al director de Twentieth Century Fox, Darryl F. Zanuck, para sustituirla. Este accedió y propuso a Tallulah Bankhead, Bette Davis y Barbara Stanwyck. Sin embargo, Cacoyannis tenía en mente a la actriz expatriada rusa Lila Kedrova. Zanuck no tenía ni idea de quién era Kedrova ni de su aspecto, pero confiaba plenamente en Cacoyannis, así que aceptó. Lila Kedrova ganó el Oscar.

Más dramática fue la salida de Vivien Leigh de La senda de los elefantes (Elephant Walk) (1954). Rodada bajo el húmedo y sensual calor de Ceilán, escenarios exóticos y un triángulo pasional entre los personajes de Leigh, Peter Finch y Dana Andrews. La actriz estaba casada con Laurence Olivier, pero inició un romance con su compañero Finch. Su estado mental estaba empeorando y al borde del colapso se empezaron a rodar escenas sin ella para darle un respiro. Pero, como cuenta Alexander Walker en la biografía de la estrella, “era imposible pasar por alto su conducta, dado que estaba empezando a costarle dinero a la productora de la película. (…) En la Paramount estaban buscando desesperadamente un reemplazo para Vivien”. La actriz regresó a Londres y fue directamente al hospital Netherne, en Coulsdon, Surrey, un centro para tratar desórdenes psiquiátricos, donde fue recibió durante cuatro días grandes dosis de sedantes. Vivien no tuvo que devolver el tercio de los honorarios que había recibido por hacer la película y reanudó su romance con Peter Finch.

Pero todavía hay otro final. El dramaturgo Terence Rattigan, amigo del matrimonio Leigh-Olivier, se basó en el muy publicitado romance entre Leigh y Finch para escribir Hotel Internacional (The VIPs), que se llevó al cine en 1963 con Elizabeth Taylor (Leigh), Richard Burton (Olivier) y Louis Jourdan (Finch). El círculo se cierra porque precisamente Elizabeth Taylor fue quien sustituyó a Leigh en el papel de la seductora Ruth Wiley en La senda de los elefantes, que se va a vivir con su marido a una plantación de té en Ceilán y se enamora del capataz,
Christopher Plummer, que, como hemos visto, sustituyó a Kevin Spacey en Todo el dinero del mundo, también tiene algo que decir en este enredo. El actor había firmado para participar en la película (en el papel del amante, que terminó en manos del francés Jourdan), incluso ya había hecho las pruebas de vestuario. Entonces llegó Samuel Bronston y le ofreció mucho más dinero por interpretar a Cómodo, el hijo del emperador Marco Aurelio, en La caída del imperio romano (1964). Por suerte para él, los productores de Hotel Internacional (The VIPs) aún no le habían ingresado el sueldo en el banco y le dejaron que se fuera a Madrid para convertirse en emperador.

Para terminar, cerramos la lista con una estrella que, como a Vivien Leigh, sus problemas personales y mentales marcaron el rumbo de su carrera. Judy Garland fue elegida para interpretar a Annie Oakley en La reina del Oeste (Annie Get Your Gun) (1950), un ambicioso musical de la MGM. Pero las cosas no fueron bien y la inestabilidad de la actriz hizo imposible que continuara. La sustituyó Betty Hutton. No fue el único contratiempo. Louis Calhern reemplazó a Frank Morgan en el papel de Buffalo Bill después de que este muriera de un ataque al corazón a los pocos días de empezar el rodaje.



