El Diablo Viste de Prada 2 arrasa en la taquilla

Texto: María Estévez (Los Angeles)

El regreso de El diablo viste de Prada ha confirmado que las salas de cine pueden volver a estar de moda cuando el título adecuado conecta con el público. La secuela del fenómeno protagonizado por Meryl Streep y Anne Hathaway ha superado ampliamente las previsiones con un arranque global de 233,6 millones de dólares, impulsado por 77 millones en su primer fin de semana en Estados Unidos y 156,6 millones en el mercado internacional.

Las cifras consolidan el tirón comercial de la franquicia y la sitúan entre los mejores estrenos del año, solo por detrás de Michael, The Super Mario Galaxy Movie y Projecto Salvación. El dato resulta significativo si se tiene en cuenta que la primera entrega, estrenada en 2006, debutó con 27,5 millones de dólares en el mercado doméstico y acabó su carrera comercial con 326 millones en todo el mundo.

La nueva película, dirigida otra vez por David Frankel y escrita por Aline Brosh McKenna, retoma la historia dos décadas después. El personaje de Andy Sachs, interpretado por Hathaway, regresa a la revista Runway como editora, bajo la sombra de la implacable Miranda Priestly, encarnada por Streep. A ellas se suman de nuevo Emily Blunt y Stanley Tucci, completando un reparto que ha sido clave en el atractivo del proyecto.

El origen de la saga se remonta a la novela publicada en 2003 por Lauren Weisberger, inspirada en su experiencia como asistente de Anna Wintour. Aquella primera adaptación cinematográfica se convirtió en un fenómeno cultural transversal, con diálogos que han sobrevivido en la memoria colectiva y en la cultura popular. La secuela se beneficia de ese componente nostálgico, pero también de la escasez de propuestas similares en la cartelera actual.

“Muy pocas comedias dramáticas logran estos resultados una vez, y menos aún repetirlos a mayor escala”, explica el analista David A. Gross a Variety. Según sus estimaciones, el público, mayoritariamente femenino, ha respondido con entusiasmo a la combinación de nostalgia, estrellas de Hollywood y una historia que conecta con las nuevas generaciones. Las encuestas de salida de CinemaScore reflejan esa acogida con una calificación de notable alto.

El rendimiento comercial también responde a una apuesta económica considerable. 20th Century Studios, bajo el paraguas de The Walt Disney Company, destinó alrededor de 100 millones de dólares a la producción, a los que se suman otros 100 millones en marketing global. En total, una inversión cercana a los 200 millones que, con el ritmo actual de recaudación, podría amortizarse en pocas semanas. El propio Frankel reconoció que una parte sustancial del presupuesto se destinó al reparto principal, reflejo del peso que tienen las estrellas en este tipo de proyectos.

En paralelo, la taquilla internacional ha sido decisiva para explicar el éxito del estreno. Europa y América Latina han respondido con cifras sólidas, mientras que en Asia el comportamiento ha sido más irregular. Aun así, el impulso global sitúa a la película en una posición privilegiada para superar con rapidez los resultados acumulados de la primera entrega.

El mercado español, tradicionalmente receptivo a este tipo de producciones, ha respondido además a la campaña promocional y al reconocimiento inmediato de los personajes. La presencia continuada de la primera película en plataformas y televisión ha contribuido a mantener viva la marca durante dos décadas, facilitando el retorno a las salas. No ha podido con Michael (número 1 durante el fin de semana largo) pero ha recaudado una cifra bastante aceptable (ver taquilla).

El éxito de El diablo viste de Prada como fenómeno cultural explica en parte el rendimiento de la secuela, pero no lo garantiza. En este caso, la combinación de factores, desde el calendario de estrenos hasta la fidelidad del público, ha jugado a favor de la película. La ausencia de grandes competidores en su fin de semana de estreno también ha permitido concentrar la atención del público.

Más allá de los números, el caso plantea una reflexión sobre el estado actual de la industria. Frente a la hegemonía de las grandes franquicias de acción o superhéroes, una comedia dramática centrada en personajes y diálogos ha logrado abrirse paso con cifras propias de un gran espectáculo. El resultado sugiere que existe margen para propuestas diversas siempre que cuenten con los ingredientes adecuados.

Con una previsión de alcanzar los 600 millones de dólares globales, e incluso acercarse a los 800 millones si mantiene su ritmo, la película se perfila como uno de los grandes éxitos del año. Para Disney, el mensaje de invertir en propiedades reconocibles, combinada con talento consolidado, sigue siendo una estrategia rentable. Para las salas, supone una confirmación de que el público está dispuesto a volver cuando la oferta resulta atractiva.

A la espera de ver cómo evoluciona en las próximas semanas, lo que ya parece evidente es que Miranda Priestly sigue dictando tendencia, también en la taquilla mundial.

Sin embargo, más allá del tirón nostálgico o del poder de sus estrellas, el fenómeno invita a una lectura más amplia sobre los cambios en el gusto del público. En un momento en el que el modelo dominante de Hollywood parece haber girado durante años en torno a las grandes franquicias de superhéroes, el éxito de esta secuela podría interpretarse como una reacción, al menos parcial, a esa tendencia. La llamada “marvelización” del cine, un término cada vez más utilizado dentro de la industria, describe la homogeneización de los relatos. Lejos de héroes claramente definidos, villanos inequívocos y estructuras narrativas previsibles, diseñadas para maximizar la accesibilidad global, la idea de volver a la narrativa tradicional de personajes ambiguos vuelve a ser una alternativa. 

El esquema de personajes planos ha trascendido incluso a producciones ajenas al universo Marvel, desde adaptaciones de videojuegos hasta grandes espectáculos familiares, donde predominan los conflictos simples y los arquetipos reconocibles. Se trata de un modelo eficaz desde el punto de vista comercial, pero que limita la complejidad de los personajes y la ambición narrativa de los grandes estudios.

Meryl Streep se ha sumado a ese debate en una entrevista en el programa radiofónico Hits Radio Breakfast Show, donde criticó abiertamente esta tendencia. “Creo que ahora tendemos a ‘marvelizar’ las películas. Tenemos a los villanos y tenemos a los buenos, y eso es muy aburrido”, afirmó. Para la actriz, lo verdaderamente interesante del cine, y de la vida, reside en la ambigüedad moral. “Algunos de los héroes son imperfectos y algunos de los villanos son humanos, interesantes y tienen sus propias virtudes”, añadió.

Esa reivindicación de personajes más complejos conecta directamente con el universo de El diablo viste de Prada. Miranda Priestly, lejos de ser una antagonista convencional, es un personaje construido sobre matices: autoritaria y exigente, pero también vulnerable y coherente dentro de su lógica profesional. Del mismo modo, Andy Sachs evoluciona a lo largo de la historia en una zona gris, atrapada entre la ambición y sus propios principios.

“Eso es lo que me gusta de esta película”, subrayó Streep en la misma entrevista. “Es más desordenada, más cercana a la realidad”. La actriz defendía así un tipo de narrativa menos encorsetada, donde los personajes no responden a categorías rígidas, sino que reflejan contradicciones reconocibles para el espectador.

Aunque siguen existiendo producciones, especialmente en el ámbito del thriller, el terror o el cine de autor, que exploran esa ambigüedad, lo cierto es que las grandes franquicias han tendido a priorizar la seguridad y la coherencia de marca frente al riesgo creativo. Es un modelo probado, eficaz para construir universos sostenibles a largo plazo, pero que también puede generar cierta fatiga en el público.

En ese contexto, el éxito de El diablo viste de Prada 2 podría interpretarse como una señal de apertura. No necesariamente un cambio de paradigma, pero sí una muestra de que hay espacio para relatos más centrados en los personajes, en los diálogos y en los conflictos internos. Historias que, como sugiere Streep, se parecen un poco más a la vida real.

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